Rosario Tailandes

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El verano se había adelantado y, con él, mi ritual de tomar el sol desnuda en la piscina.  Adormilada, disfrutaba de la calidez de los rayos de sol y del frescor de la brisa de aquella tarde de mayo. No lo percibí hasta que sus manos frías y suaves se deslizaron por mi columna y se detuvieron en mi culo. Alcé la cadera y hundió su lengua en el mismo centro. Culebreaba, rítmica, arrancándome oleadas de placer. Intenté girarme, pero me aprisionó contra la tumbona y ató mis muñecas en los listones.

Sentí la cremosidad del lubricante y la dureza de sus dedos cuando me penetró. Uno en el culo, uno en el sexo. Dos en el culo, dos en el sexo.

—Fóllame con tres. Fóllame. Fóllame. ¡Fóllame!

Me silenció metiéndome en la boca un rosario tailandés.

—Te follaré con esto. ¡Chúpalo!— Lo chupé. Con avidez. Como si fueran sus «cuentas». Fiel devota de una nueva religión. Las introdujo despacio mientras trazaba círculos con los dedos. Mi culo las engullía una a una, palpitante, hasta que la última selló mi interior. Era enorme, aterciopelada, dura… pero no lo suficiente.

—Fóllame. Fóllame. ¡Fóllame!

—No.

Sus dedos horadaron mi sexo. Su boca apresó mi vulva. Chupaba sin tregua y yo me revolvía enloquecida sin importarme que las cuerdas me laceraran. Tiró del rosario y me convulsionó el estertor de la petite mort.

Lubricó su miembro con mi sexo, separó mis glúteos y me penetró.

—Ahora sí.

 

Me volví adicta al rosario tailandés. No había nada de malo, lo sé, pero no quise confesarle ese vicio. Era mío, mío, ¡mío! Esperaba anhelante a que se fuera para jugar a solas. Llenaba mis dedos de lubricante y me penetraba el culo. Uno, dos, tres… hasta sentirme llena, hasta hacer tope con la palma de la mano. Entonces, empujaba hasta el fondo, describía círculos, pulsaba con fuerza. Luego me introducía las cuentas, una a una, disfrutando sin prisas de su textura, de su dureza, de su tamaño. Cuando llegaba a la última, apretaba el culo, me pinzaba el clítoris con dos dedos y me follaba con los otros tres. Placer, placer, placer… hasta que los espasmos sacudían mi vientre y tiraba con fuerza del rosario, y el orgasmo me convulsionaba, y mordía la almohada para ahogar los gemidos.

Un día, cuando disfrutaba de mi vicio secreto, entró en la habitación. Puede que llegara antes de la hora, puede que no, tanto daba. Me pilló con la cadera levantada y el rosario lubricado en las manos. Sentí vergüenza, remordimientos, miedo. ¿Y si se enfadaba? ¿Y si le molestaban mis juegos solitarios? Intenté girarme, formular una explicación, pero me aprisionó contra la cama y me arrebató el rosario.

—Viciosa. Mereces un castigo—. Se quitó el pañuelo de seda que llevaba al cuello y comenzó a hacerle pequeños nudos mientras mordía mi espalda. Luego, introdujo en el mismo centro de mis glúteos dos dedos lubricados y, cuando gemí pidiendo más, los sacó y metió  la punta del pañuelo. Despacio, nudo a nudo. Era suave, aterciopelado, exquisito… como su miembro cuando penetró mi sexo. Me folló con furia, azotando mis glúteos, clavando sus uñas en la carne. Placer, placer, placer…. Un tirón enérgico. Su lava quemando mi sexo. Mi orgasmo quemando el suyo.

 

Soy adicta, lo confieso. Le espero anhelante hasta que oigo el motor de su coche. Entonces, me desnudo y me tumbo de espaldas con el rosario tailandés lubricado en mi mano. Abre la puerta, me observa, se acerca. Finjo sorpresa, un giro, una explicación, pero me aprisiona contra la cama, me arrebata el rosario y susurra.

—Viciosa.

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